Fisgoneando en el baúl de los papeles viejos, encontré un pequeño tesoro, humilde e ingenioso. Un ensayo de no más de 20 páginas escrito por el filosofo Colombiano William Ospina en el 2001, después de una reunión entre este y García Márquez.
El texto titulado “Colombia en el Planeta”, hace una descripción minuciosa de los malea que aquejan a Colombia, y que a pesar de sus grandiosas cualidades le impiden progresar. Así como Macondo, cuenta William Ospina, los colombianos somos víctimas de tres grandes males que echan a perder nuestro pueblo: la peste del olvido, la locura de la venganza y la ignorancia de nosotros mismos”, agrega además que hoy en día se ha borrado el tabú del asesinato, tabú que debería estar escrito con fuego en el corazón humano, que los jóvenes creen que la verdadera valentía está en saber cagar y manejar un arma, que hemos perdido el mayor tesoro que cualquier sociedad pueda poseer “la confianza espontánea en los demás” y que el problema de nuestros conflictos es que hemos estado encerrados en nuestra realidad demasiado tiempo, trancando las puertas a intercambios culturales, que nos permitan advertir, por medio de comparaciones, nuestras fortalezas y mejorar debilidades. Y yo estoy de acuerdo con eso.
Hace algunos, ¡que diré!, muchos años, un desconocido era una oportunidad de amistad, el servir era un gusto, y los lazos que unían la sociedad eran tan fuertes que todos los habitantes de un entorno se sentían orgullosos de vivir allí. Las puertas se mantenían abiertas de par en par, y los taburetes adornaban las aceras siempre deseosos de alojar a alguien que contara una historia. Hoy en día el panorama ha cambiado drásticamente, la ley prohíbe socorrer al herido en la calle, y a los niños se les enseña que es malo hablar con extraños. La mayoría de las personas solo ven defectos en el contexto y olvidan las cualidades como a la historia.
Los políticos, que deberían ser ejemplo, constantemente están metidos en líos legales que comprometen su honradez, y Los medios de comunicación manejan sin querer o queriendo la opinión de los pueblos, que preferimos callar antes que exponer la vida, porque el que la hace, y hasta el que no, la paga. Pero eso no se puede juzgar en un país que olvida con facilidad, para el que un muerto es uno más, sin valor ni recordación, para el que la historia importa poco y nadie la quiere contar, por lo que hay que esperar años para que un historiador la reconstruya y un grupo minoritario de individuos la lea.
Unas de la propuestas de solución que propone el autor radican en “reinstaurar el pavor perdiendo el miedo a los fantasmas que viven del crimen y reencontrarnos de nuevo con la invaluable confianza espontanea en los demás” teniendo en cuenta que “Un país solo vive en confianza, sólo se constituye en nación solidaria cuando comparte una memoria, un territorio y unos saberes originales”.
Por ello amigos míos, los invito, a fisgonear en el pasado y a contar el presente - como lo han hecho García Márquez, Jorge Isaac y José Eustasio Rivera - a través de historias con detalles cautivadores que permitan recordarlas, antes de que los historiadores lo hagan de esa manera frívola como acostumbran hacerlo.
Confio en que confiarán... Onipo.
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