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domingo, 27 de febrero de 2011

UN GRAN CONCIERTO


Tomada de www.limaenescena.com 
Cuando aparecieron las manos del grandioso director en la pantalla, sentí que no era tan grande, que parecía más bien un aficionado sentado en el público imitando los gestos de un verdadero director, entonces pensé, las actuaciones serán un desastre… pero, poco a poco me fui tragando las palabras. Andreï  Filipov, no estaba dirigiendo, estaba soñando con dirigir, sus manos se moverían diferente en el concierto final, en El Gran Concierto.
Sólo alguien que de verdad  ha estudiado para ser instrumentista  de cuerda sabe lo difícil que es que los movimientos de la mano izquierda coincidan con la música, cuando no es uno el que toca y más aun cuando no tiene el instrumento en sus manos, es por eso que me atrevo a decir que uno de los puntos fuertes de la película, “El Gran Concierto”,  radica en el montaje y las actuaciones, en la capacidad de unir las imágenes con la banda sonora y en la de los actores para hacernos creer que de verdad estamos ante un magnífico concierto, es así como el film llega a su punto de esplendor en la escena  del concierto final, cuando el flas back que da cuenta de la verdadera historia de Lea, la violinista estrella de la orquesta del Bolshoi,  se alterna con las imágenes del presente,  y las digitaciones de madre e hija se unen para formar una sola interpretación del concierto para violín Opus 35 de Tchaikovsky.
Sin embargo hay algo que llama más la atención del espectador casual, el guión que basándose en la forma en que los griegos describían  la tragedia humana a partir del humor, cuenta la historia de Andreï  Filipov, uno de los más grandes directores rusos que en busca de la armonía perfecta pierde su vida y su dignidad, cuando decide proteger a sus músicos judíos y se enfrenta al régimen comunista ruso de los años 80´, personaje que  30 años después decide que es hora de darse otra oportunidad y terminar lo que había quedado inconcluso.
Si bien cumple con la función de entretener, también de manera implícita nos educa, al mostrarnos esa cara del comunismo que asfixió la sociedad durante tantos años, en la que los niños tenían que ser sacados de los países, escondidos en los estuches de los instrumentos y en la que los que iban contra el régimen eran castigados con artimañas más abruptas que la muerte, como el caso de Filipov y su amigo Sacha, condenados a vivir en la miseria, alejados de su más grande amor, la música, después de haber alcanzado la gloria. Treinta años que nunca se recuperarán.
Una de las criticas más grandes al comunismo, sin dejar de ser  hermosa y poética, se plasma en uno de los diálogos de la película, cuando después de iniciado el concierto la orquesta no logra conseguir una buena interpretación, la trompetas (uno de los instrumentos más importantes en la música de   Tchaikovsky) se desafinan y el tiempo es constantemente inestable, entonces Iván, el manager de la orquesta, líder comunista consagrado, eleva la mirada hacia arriba  y dice “Dios, si verdaderamente existes, es hora de un milagro”. Entonces Lea, perdón  Anne-Marie, interpreta el primer solo...
A pesar de lo anterior hay algunas cosas que se salen de contexto y dañan la armonía de esa bella historia y no me refiero al hecho de que tras 30 años sin tocar, una orquesta que no ha ensayado suene de la manera que lo hace, esos son licencias que se puede dar la ficción; yo me refiero a asuntos como el mostrar amarrado a la silla al violonchelista que apadrina económicamente a la orquesta, o aquella escena en la que los músicos se aglomeran a pedir la paga en un desorden insólito y a pesar del perfil psicológico de los personajes, nadie sale estafado.i
Por último es pertinente mencionar el gran acierto que tuvo el director en dejar sonar todo el concierto en tiempo real, brindándole a la audiencia la oportunidad de dos espectáculos en vez de uno, una hora larga de cine y cinco minutos de un “Gran Concierto”.

Imágen de cartelera. 

FICHA TÉCNICA


Director: Radu Mihaileanu
Guión: Radu MIhaileanu bajo la historia original de Hector Cabello Reyes y Thierry Degrandi
Reparto: Alexeï Guskov (Andreï Filipov), Dimitry Nazarov (Sacha Grossman), Mélanie Laurent (Anne-Marie Jacquet), Francois Berleand (Olivier Morne Duplessis), Miou Miou (Guylène de la Rivière), Valeri Barinov (Ivan Gavrilov)
Música: Armand Amar
Fotografía: Laurent Dailland
Edición: Ludovic Troch
Sonido: Selima Azzazi, Pierre Excoffier
Vestuario: Viorica Petrovici

martes, 22 de febrero de 2011

OTRA MIRADA

“Así como los pintores pintan desde el valle las montañas y desde estas las llanuras, de igual manera es necesario ser príncipe para conocer a la pueblo y pertenecer al pueblo para conocer al príncipe”.
Nicolas Maquiavelo. El Principe.
Scott Yoo y su maestro Michael Gilbert con alumnos de la Red de Escuelas de Música de Medellín
El pasado jueves a las tres de la tarde tuve la oportunidad de asistir a la rueda de prensa que presentó públicamente el Festival de Música de Cámara de Medellín, que se celebrará en el mes de abril y contará con la participación de 13 instrumentistas internacionales de alta calidad y 16 estudiantes colombianos. Durante una semana ellos compartirán vivencias musicales y  tendrán la oportunidad de hacer intercambios culturales.
Pero más que ser el primer festival de estas características en toda Latinoamérica, con cede acá en Medellín, lo que me llamó la atención fue la particular forma en que Scott Yoo , un newyorkino  de descendencia oriental se refiere a Colombia.
En su corto discurso a los medios Scott comentó “ Es irónico que sólo en países como estos, pequeños, poco conocidos en el mundo, que están lejos de ser una gran potencia, se pueden desarrollar proyectos como este, y todo porque sus gobernantes apoyan la cultura, entienden que al invertir un dólar en clases de violín para un niño, se están ahorrando $5 en gastos de prisión… En países como el mío lastimosamente sus gobernantes están demasiado ocupados para ceder espacio al arte y la cultura.”
Pero creo que deben saber quién es Scott. Scoot Yoo es el director artístico de la Orquesta Principal de la Red de Escuelas de Música de Medellín desde hace un año, organizador junto con la fundación Salvi del Festival de Música Clásica en Cartagena, violinista de la filarmónica de New York, graduado en música de la academia July Art, titulado en física nuclear de la universidad de Harvard y considerado uno de los mejores violinistas del mundo.
Según él en una entrevista hecha el año pasado mientras compartía un seminario con 120 jóvenes de la Red “La gente aquí, aunque no tiene mucho dinero vive feliz, comparte, se colaboran y ayudan, las familias son unidas, y aunque hay competitividad, la gente no espera que uno caiga para sobrepasarlo… En Medellín el visitante es acogido con familiaridad, el clima es siempre agradable y los paisajes son hermosos, se parecen a los de china”.
Es curioso como un extraño que ha tenido la oportunidad de conocer el mundo, vea en nuestro país tanto potencial, se admire de su diversidad y se deje seducir sin prevenciones del carisma de sus gentes, y que nosotros que hemos tenido la oportunidad de analizar nuestra situación toda una vida pasemos por alto nuestras cualidades y no hayamos notado que países tercermundistas como este, en ocasiones, respetan e invierten en el arte y la cultura más de lo que proporcionalmente lo podrían hacer países potencia como los Estados Unidos.
Más no puedo terminar este comentario sin hacer la siguiente intervención, que por suerte Scott cayó en Medellín, una ciudad en la que un solo programa como lo es la Red de Escuelas de Música de Medellín,  maneja más dinero que el que se invierte en cultura en todo el departamento de Cundinamarca, por ejemplo.  
Por eso hoy, yo, Onipo les sugiero que antes de hacer un comentario que haga quedar mal nuestra ciudad nos preguntemos si la hemos visto desde las montañas, aprovechando que nos rodean por cantidad.     
           

jueves, 17 de febrero de 2011

Democratización ¿La mejor opción?..

El agua se escurrió por las zonas inundadas y dejó al descubierto devastados terrenos de tierra (ahora con más nutrientes) deshabitada. Pero no fue lo único.



Extraida de la página Chamosaurio.com. 07-12-2010

Leyendo entre noticias que se repiten con diferentes protagonistas, como demandas por corrupción, narcotráfico, secuestros, liberaciones “pantalleras y asesinatos, entre otros, encontré un problema que se hizo evidente tras la ola invernal, aunque siempre ha existido con tantas consecuencias nefastas como las de los otros mencionados: La negligencia.
Noticias como la investigación que abrió la Procuraduría General de la Nación a los Gobernadores de Atlántico, Bolívar y Magdalena, que podría ser extendida a otros 800 alcaldes y gobernadores, por su presunta responsabilidad en la tragedia que viven sus departamentos por  negarse a adoptar las medidas de prevención para evitar los estragos del invierno, presentadas por el Ideam. O que hasta el día de hoy sólo 12 entidades territoriales cuentan con un Centro Regulador de Urgencias, Emergencias y Desastres,  ordenado por el decreto 1220 del 2010. O que 20 mil familias podrían perder las ayudas e indemnizaciones que dará el estado por el desastre del invierno, debido a que alrededor de 50 alcaldes de Antioquia, no han querido pasar el censo con los registros de damnificados al DANE, son una pequeña muestra de lo mencionado.
Tal vez los alcaldes y demás gobernantes no actúen deliberadamente, por lo que la culpa no recae sólo en ellos, también es responsabilidad de quienes los eligieron, quizás sus capacidades no estén a la altura de creer necesario un plan de choque contra desastres, la creación de un Centro Regulador de Urgencias, Emergencias y Desastres  o la educación de los niños en actividades extracurriculares que fomenten la cultura y la capacidad imaginativa.
Según la ley 1148 del 2007 en el capítulo 6, articulo 84 “en cada municipio o distrito, habrá un alcalde que ejercerá la autoridad política, será jefe de la administración local, representante legal de la entidad territorial y primera autoridad de la policía del distrito”, entre otros. A pesar de tales responsabilidades y en función del derecho a elegir y ser elegido más adelante en el artículo 86 se estipula: “Para ser  elegido alcalde se requiere ser ciudadano colombiano en ejercicio y haber nacido o ser residente en el respectivo municipio durante un año anterior a la fecha de inscripción o durante un periodo mínimo de (3) años consecutivos en cualquier época”.  
Sin embargo para aspirar a un cargo de secretaria en una empresa pequeña se requiere como mínimo haber terminado los estudios de secundaria y tener nociones de manejo de computadores y demás elementos tecnológicos indispensables, para ser mensajero hay que saber escribir y leer, y para manejar una tienda de barrio se debe saber sumar y restar.
Pero esto no es todo, en la celebración del día del periodista en la universidad Pontificia Bolivariana de Medellín fue invitado entre otros personajes Luis Guillermo Patiño Aristizabal, director del área de Ciencias Políticas de la universidad para que diera su punto de vista sobre el tema de Wikileaks. Ante la pregunta ¿Por qué hablar de confidencialidad en un tema que pertenece a lo público como lo es la política exterior? Este respondió: “porque no todas las personas están preparadas para entender las aristas y la complejidad de la política exterior”… Entonces, ¿no todas las personas estarían preparadas para votar? , Juan José respondió:  “ Eso es verdad”.
En conclusión la democracia colombiana, así como la mayoría de democracias actuales presentan dos grandes problemas, que tienen como consecuencia la poca pertinencia de sus mandatarios a la hora de tratar temas, inclusive, de vida o muerte como un desastre natural: en primer lugar que no todas las personas tienen las suficientes herramientas para hacer un juicio adecuado ante la pregunta ¿en quién debo depositar mi poder individual? Y segundo que, al cualquiera poder ser alcalde solo con el apoyo de un mecenas o un partido político que lo vea manipulable, las mejores opciones no son siempre las que salen en el tarjetón.

lunes, 7 de febrero de 2011

Un país sin confianza y con muchos problemas.

Fisgoneando en el baúl de los papeles viejos, encontré un pequeño tesoro, humilde e ingenioso. Un ensayo de no más de 20 páginas escrito por el filosofo Colombiano William Ospina en el 2001, después de una reunión entre este y García Márquez.
El texto titulado “Colombia en el Planeta”, hace una descripción minuciosa de los malea que aquejan a Colombia, y que a pesar de sus grandiosas cualidades le impiden progresar. Así como Macondo, cuenta William Ospina, los colombianos somos víctimas de tres grandes males que echan a perder nuestro pueblo: la peste del olvido, la locura de la venganza y la ignorancia de nosotros mismos”,  agrega además que hoy en día se ha borrado el tabú del asesinato, tabú que debería estar escrito con fuego en el corazón humano, que los jóvenes creen que la verdadera valentía está en saber cagar y manejar un arma, que hemos perdido el mayor tesoro que cualquier sociedad pueda poseer “la confianza espontánea en los demás”  y que el problema de nuestros conflictos es que hemos estado encerrados en nuestra realidad demasiado tiempo, trancando las puertas a intercambios culturales, que nos permitan advertir, por medio de comparaciones, nuestras fortalezas y mejorar  debilidades. Y yo estoy de acuerdo con eso.
Hace algunos, ¡que diré!, muchos años, un desconocido era una oportunidad de amistad, el servir era un gusto, y los lazos que unían la sociedad eran tan fuertes que todos los habitantes de un entorno se sentían orgullosos de vivir allí. Las puertas se mantenían abiertas de par en par, y los taburetes adornaban las aceras siempre deseosos de alojar a alguien que contara una historia. Hoy en día el panorama ha cambiado drásticamente, la ley prohíbe socorrer al herido en la calle, y a los niños se les enseña que es malo  hablar con extraños. La mayoría de las personas solo ven defectos en el contexto y olvidan las cualidades como a la historia.
Los políticos, que deberían ser ejemplo, constantemente están metidos en líos legales que comprometen su honradez, y Los medios de comunicación manejan sin querer o queriendo la opinión de los pueblos, que preferimos callar antes que exponer la vida, porque el que la hace, y hasta el que no, la paga. Pero eso no se puede juzgar en un país que olvida con facilidad, para el que un muerto es uno más, sin valor ni recordación, para el que la historia importa poco y nadie la quiere contar, por lo que hay que esperar años para que un historiador la reconstruya y un grupo minoritario de individuos la lea.
Unas de la propuestas de solución que propone el autor  radican en “reinstaurar el pavor perdiendo el miedo a los fantasmas que viven del crimen y reencontrarnos de nuevo con la invaluable confianza espontanea en los demás” teniendo en cuenta que “Un país solo vive en confianza, sólo se constituye en nación solidaria cuando comparte una memoria, un territorio y unos saberes originales”.
 Por ello amigos míos, los invito, a fisgonear en el pasado y a contar el presente - como lo han hecho García Márquez, Jorge Isaac y José Eustasio Rivera - a través de historias con detalles cautivadores que permitan recordarlas, antes de que los historiadores lo hagan de esa manera frívola como acostumbran hacerlo.      
Confio en que confiarán... Onipo.