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| Imagen extraida de http://www.taringa.net/posts/comics/4038227/Historia-de-un-Hombre_-Homero-Simpson.html |
Para algunos la pereza es la madre de todos los vicios, para otros es el vicio de todas las madres, yo no creo ni lo uno ni lo otro, porque un perezoso no se esforzaría por prender un cigarrillo. Lo cierto del caso es que la pereza, holgazanería, tedio o flojera, es una cualidad inherente al hombre, una enfermedad que hemos sufrido todos en determinado momento de la vida.
A lo largo de la historia muchos hombres han hablado sobre la pereza: Jules Renard, escritor y dramaturgo francés del siglo XIX la define como el hábito de descansar antes de estar cansado, para William Cowper, poeta británico del siglo XVIII “una persona perezosa es un reloj sin agujas, siendo inútil tanto si anda como si está parado”, para Benjamin Frankln “la pereza viaja tan despacio que la pobreza no tarda en alcanzarla”, William Shakespeare se refería a ella diciendo: “el cansancio ronca sobre los guijarros; en tanto que la pereza halla dura la almohada de pluma”. Johann Wolfgang Goethe el padre del romanticismo en la literatura escribe: “los perezosos siempre hablan de lo que piensan hacer, de lo que harán; los que de veras hacen algo no tienen tiempo de hablar ni de lo que hacen”, y para Samuel Beckett poeta y novelista irlandés del siglo XX “no existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza”.
Por muchos siglos se pensó que la pereza era un hábito, muy destructivo por supuesto, la iglesia lo toma junto con la lujuria y la gula, como un pecado capital, pero estudios realizados sobre el tema le han dado a esta un status de enfermedad. La pereza se define como “la negligencia, tedio o descuido en realizar acciones, movimientos o trabajos”, según científicos australianos de la Universidad de Newcastle se debe a un trastorno de la motivación con una base fisiológica, puesto que los receptores del cerebro, no responden a los estímulos de manera consciente, según el Periódico El Mundo encargado de publicar este artículo la enfermedad puede comprometer en casos extremos el ritmo cardiaco y la respiración.
Los investigadores de la Universidad de Minnesota y del Centro de Obesidad de la localidad han descubierto que, “debido a determinadas sustancias químicas en el cerebro, los humanos podrían estar programados para ser activos o para estar quietos, y una biología cerebral distinta podría explicar por qué algunas personas tienden a no ser activas y otras a la actividad”. Según los científicos quienes examinaron el hallazgo con ratas de laboratorio, “algunos cerebros podrían animar de manera natural las conductas inquietas que queman calorías y ayudan a controlar el peso” con una sustancia llamada Orexina.
Pero ambas teorías enfatizan en que no todo vago sufre dicha enfermedad.
Es muy común que la pereza se confunda con otras enfermedades crónicas, es entonces cuando recuerdo el caso de la madre de unas primas que murió hace unos 5 años. En el círculo familiar, e inclusive con los amigos más cercanos, era tachada de perezosa, no le gustaba hacer mayor esfuerzo, se quejaba de las tareas que le devengaba el hogar, dormía bastante y se recostaba con frecuencia. Solo un año antes de su deceso, fue diagnosticada con Leucemia, enfermedad producida por una anemia severa que venía padeciendo hacía no menos de 15 años. “los médicos no se explicaban cómo pudo durar tanto en pie”. Además de esta, otras enfermedades que se suelen asociar con la pereza son: Autismo, Síndrome de Asperger, Fibromialgia, Fatiga crónica, Depresión, Distimia y Demencias.
Lo cierto del caso, enfermedad o no, es que por pereza se han dejado de escribir obras magníficas, de hacer descubrimientos inquietantes, algunos han dejado de compartir con la familia, y otros han dejado incluso de soñar. Una de las curas más eficaces para sobreponerse a este mal es la voluntad.
Después de escribir este artículo no puedo dejar de pensar, si desearles un fin sanguinario a los malvados es rebajarnos a su posición, recemos para que caiga sobre ellos una pereza tal que les impida pararse de sus camas, puesto que no hay mayor castigo que no querer hacer algo que toda la vida se ha deseado.

Ello (no querer hacer algo que toda la vida se ha deseado) es la corrupción natural del individuo, es el dilema del ser humano en cada uno de sus pasos, es la contracción ferviente del alma que no quiere ser encasillada por el tiempo y se resiste a la esperanza de un segundo pasajero. De ahí el valor de la decisión y los bríos de la propia historia que a su paso escribimos.
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